HORIZONTES DE REDES NOOSFERICAS

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domingo, 7 de junio de 2009

AÑO ASTROFISICO INTERNACIONAL: paleoastronomia...La Epopeya de la Creación

La Epopeya de la Creación



Recreación del zigurat de Babilonia


La epopeya babilónica de la creación presenta un conjunto coherente. Centrada en el serpentino Marduk, reelabora mitos más antiguos protagonizados en un principio por otras deidades draconianas y serpetins. Su objetivo consistía en justificar la posición de Marduk como deidad principal y la importancia de su ciudad. El texto es un poema litúrgico de carácter mágico, cuyo recitado constituía parte integrante del festival primaveral de Año Nuevo, principal celebración religiosa de Babilonia destinada a renovar la creación.

Hoy en día estamos acostumbrados a la facilidad de los números indios mal llamados números árabes. Sin embargo, este tipo de números, tan útiles y versátiles, nos acompañan desde hace relativamente escaso tiempo. No obstante, los números existen desde hace casi 10 mil años utilizados por vez primera en sumeria. He aquí una colección de distintos tipos de números y su utilización.

Primero debemos considerar algo extremadamente importante ¿por qué utilizamos un sistema decimal para contar? Ciertamente los números en base 10 no tienen la funcionalidad del sistema binario que utilizan los chips, o la versatilidad del sistema hexadecimal. Sin embargo, y a pesar todos los avances tecnológicos, este sistema continúa aferrado y no presenta signos de querer irse. La cuestión es simple, en el pasado remoto, cuando los números no eran entes abstractos, sino que representaban objetos, como por ejemplo personas o animales, las manos eran los ábacos y calculadoras de la humanidad. Por lo que, al poseer diez dedos, el sistema decimal se impuso como sistema de facto y es así que se remonta miles de años en el pasado.


Este sistema lo heredamos de los griegos, quienes a su vez lo heredaron de los egipcios. Anteriormente a estos, los sumerios, cuya matemática era mucho más avanzada y ajena a las supersticiones de la egipcia, desarrollaron un curioso sistema sexagesimal el cual sería el primer sistema numeral cohesivo de la humanidad. En el pasado los números no eran un concepto abstracto sino que representaban cosas. En sumeria, en un principio, existían infinidades de notaciones para un mismo número dependiendo de la cosa que se esté contando. Por ejemplo una moneda de oro era representada por un símbolo en particular, mientras que una pieza de ganado era representada con otro símbolo especifico. Tampoco existían los números sucesores al uno, por ejemplo, el "dos" era representado utilizando dos símbolos "uno" a la par. Con el pasar de los años, el comercio y el recimiento de la población, hizo que evolucionara la manera de contar y los números gradualmente comenzaron a representar cantidades y no objetos individuales. De todas maneras fue gracias al desarrollo de un sistema sexagesimal de numeración, el que se lograra contar cantidades en miles, algo imposible de hacer contando de a uno en uno.

Curiosamente los sumerios no tenían un sistema numeral unificado, sino que utilizaban distintos tipos para distintas tareas. Por ejemplo, para medir las raciones, un sistema bisexagecimal que permitía conteos discretos de 7200 unidades era utilizado. Esto trajo, y todavía trae, serios problemas de entendimiento a los antropólogos que tratan de estudiar sus escritos. Mediante la combinación de números sexagesimales y la aritmética, permitía representar cantidades increíblemente grandes para la época. Seguro muchos pensarán que el sistema sexagesimal sumerio ha muerto junto a su civilización, sin embargo, aun quedan remanentes ampliamente utilizados en el mundo moderno, por ejemplo la manera en la que medimos los grados y por ende el tiempo fueron heredadas de éstos. Si se fijan en un reloj las horas se incrementan en un punto cada 60 minutos; y los minutos se incrementan en un punto cada 60 segundos. Tal cual como se incrementaban las cantidades sexagesimales sumerias. Sus números eran conos y círculos ya que el cono y el círculo son las formas más fáciles de representar por presión en una tableta de arcilla como las que los sumerios utilizaban para llevar sus registros."


Disponer de métodos de medida de distancias entre estrellas indica la gran importancia que se le daba al tema. Sin embargo, ¿quién entre los hombres y las mujeres de Sumer necesitaba realmente todo este conocimiento? Y ¿quién de ellos pudo diseñar estos métodos y utilizarlos de forma tan precisa, cuando no se había descubierto ni siquiera el álgebra y el telescopio? La única respuesta posible es que los Dioses disponían de ese conocimiento y precisaban de tan exactas medidas, para alguna función.


Los sumerios cuentan que sus Dioses eran capaces de subir al cielo y habían llegado de las estrellas a la Tierra, los Dioses eran los únicos que podían poseer y de hecho, poseían, en los albores de la civilización humana, los sofisticados métodos, las matemáticas y los conceptos de una astronomía avanzada, así como la necesidad de enseñar a los escribas humanos a copiar y registrar meticulosamente tablas y más tablas de distancias en los cielos, órdenes de estrellas y grupos de estrellas, ortos y ocasos helíacos, un complejo calendario solar lunar terrestre y el resto de conocimientos notables tanto del cielo como de la tierra. Ante este panorama, los astrónomos mesopotámicos, dirigidos por los Dioses, sabían de la existencia de planetas más allá Saturno, conocían la existencia de Urano, Neptuno y Plutón, La información astronómica de los tiempos antiguos se conservaba en centenares de textos detallados, de listas de cuerpos celestes, pulcramente dispuestas según el orden celeste, o según los Dioses.

Es incorrecta la suposición de que los sumerios y sus sucesores no sabían que el sistema solar era heliocéntrico, que la Tierra no era más que otro planeta y que no había más planetas más allá de Saturno. Los sumerios se referían a todos los cuerpos celestes planetas, estrellas y constelaciones como Mul o lo que brilla en las alturas. El término acadio Kakkab fue aplicado también por babilonios y asirios para designar a cualquier cuerpo celeste, en su mayor parte los planetas de los que se hablaba en el entramado de los textos astronómicos sumerios llamaban Mulmul. El término Mulmul se refería al sistema solar, utilizando la repetición Mulmul, para indicar al grupo como una totalidad, como el cuerpo celeste que comprende todos los cuerpos celestes, junto con el camino de Anu y sus doce constelaciones zodiacales, algunos textos se referían también al camino del Sol, que estaba compuesto también por doce cuerpos celestes, el Sol, la Luna, y diez más. "La línea 20 de la llamada tablilla Te dice; Naphar shere mesh ha la sha kakkab lu sha Sin u Shamash ina libbi ittiqu, que significa, todo en todo, 12 miembros adonde la Luna y el Sol pertenecen, donde orbitan los planetas."

Esto nos da a comprender la importancia del número doce en el mundo antiguo. El gran círculo de Dioses sumerios y por tanto, de los Dioses olímpicos, estaba compuesto exactamente por doce miembros, los Dioses más jóvenes sólo podían entrar en este círculo si se retiraban los dioses más viejos. Del mismo modo, cualquier puesto libre se tenía que ocupar para mantener el número divino de doce. El principal círculo celeste, el camino del Sol con sus doce miembros, establecía el modelo según el cual cualquier otra franja celeste se dividía en doce segmentos o se le asignaban doce cuerpos celestes de importancia. Por consiguiente, el año tenía doce meses y el día tenía doce horas dobles. A cada división de Sumer se le asignaban doce cuerpos celestes como medida de buena suerte. El gran templo, el Esagila, tenía doce puertas. Marduk se revestía de los poderes de todos los Dioses celestes al recitarse doce veces la declaraci n "Mi Se or, es Él mi Señor". Después, se invocaba la misericordia del Dios y su esposa, doce veces por cada uno.

Apsu



El total de 24 se emparejaba entonces con las doce constelaciones del zodiaco y los doce miembros del sistema solar. Aunque nuestra base de cálculo natural es el número diez, el número doce se impregnó en todos los temas celestes y divinos mucho antes de que los sumerios desaparecieran. Hubo doce Titanes griegos, doce Tribus de Israel, doce partes en el mágico pectoral del sumo Sacerdote de Israel. El poder de este doce celeste se transmitió a los doce Apóstoles de Jesús. Surgió, este poderoso y decisivo número doce, de mirar al cielo, pues al enseñarle a la humanidad la verdadera naturaleza de la tierra y los cielos, los Dioses no sólo informaron a los antiguos sacerdotes astrónomos de la existencia de los planetas más allá de Saturno, sino también de la existencia del planeta más importante, aquel del cual vinieron.

Un sello acadio del tercer milenio A.C, ahora en el museo de Berlín Este (catalogado VA/ 243), se aparta de la forma habitual de representar los cuerpos celestes. No los muestra individualmente, sino como un grupo de once globos que circundan a una estrella grande y con rayos. Evidentemente, es una representación del sistema solar, tal como lo conocían los súmenos, un sistema consistente en doce cuerpos celestes. Normalmente, nosotros representamos el sistema solar de forma esquemática, como una línea de planetas que se aleja del Sol a distancias crecientes. Pero si representáramos los planetas, no en una línea, sino uno después de otro en un círculo, el resultado se parecería al del sello. La antigua representación nos muestra un planeta desconocido para nosotros, considerablemente más grande que la Tierra, aunque más pequeño que Júpiter y Saturno. Tratando a la Luna como a un cuerpo celeste más, esta representación sumeria da cuenta plena de todos los planetas que conocemos, los sitúa en el orden correcto (con la excepción de Plutón), y los muestra por tamaño. Sin embargo, esta representación de 4500 años de edad insiste también en que había o ha habido otro planeta importante entre Marte y Júpiter.

Si esto se hubiera descubierto y estudiado hace dos siglos, los astrónomos habrían pensado que los sumerios estaban totalmente desinformados, al imaginar, que había más planetas después de Saturno. Ahora, no obstante, sabemos que Urano, Neptuno y Plutón están ahí. Los sumerios no imaginaron las otras discrepancias, estaban correctamente informados por los Dioses de que la Luna era un miembro del sistema solar, Plutón estaba situado cerca de Saturno y había un doceavo planeta entre Marte y Júpiter. La teoría largo tiempo sustentada de que la luna no era más que una pelota de golf helada no se descartó hasta después de la conclusión de varias misiones Apolo a la luna, hasta aquel momento, las mejores conjeturas consistían en que la luna era un trozo de materia que se había separado de la tierra cuando ésta era aún de material fundido y maleable. Si no hubiera sido por el impacto de millones de meteoritos, que dejaron cráteres en la superficie de la Luna, ésta habría sido un trozo de materia sin rostro, sin vida y sin historia que se solidificó y sigue a la Tierra desde siempre. Sin embargo, las observaciones hechas por satélites no tripulados han comenzado a poner en duda estas creencias tanto tiempos manejadas.

Tiamat




Al final, se llegó a la conclusión de que la composición química y mineral de la Luna era suficientemente diferente de la de la Tierra como para poner en duda la teoría de la separación. Los experimentos realizados en la Luna por los astronautas norteamericanos, y el estudio y análisis del suelo y de las muestras de rocas que trajeron, han determinado, más allá de toda duda, que la Luna, aunque en la actualidad estéril, fue alguna vez un planeta vivo. Al igual que la Tierra, tiene diferentes capas, lo que significa que se solidificó desde su propio estadio original de materia fundida. Al igual, que la Tierra, generaba calor, pero mientras que el calor de la Tierra proviene de sus materiales radiactivos, cocidos en el interior de la Tierra bajo una tremenda presión, el calor de la Luna proviene, según parece, de capas de materiales radiactivos que se encuentran muy cerca de la superficie.

Sin embargo, estos materiales son demasiado pesados para haber ascendido hasta ahí. El campo gravitatorio lunar parece ser errático, como si inmensos trozos de materias pesadas, como el hierro no se hubieran hundido de modo uniforme hasta su centro, sino que estuvieran dispersos. Existen evidencias que indicarían que las antiguas rocas de la Luna estuvieron magnetizadas. También existen evidencias de que los campos magnéticos se cambiaron o invirtieron. Reuniendo todos estos descubrimientos, los científicos afirman ahora que la Luna y la Tierra, formadas más o menos con los mismos elementos y más o menos por el mismo tiempo, evolucionaron como cuerpos celestes separados. En opinión de los científicos de la NASA, la Luna evolucionó normalmente durante sus primeros 500 millones de años. Luego, hace 4.000 millones de años, cuando cuerpos celestes del tamaño de grandes ciudades y pequeños países se estrellaron en la Luna y formaron sus inmensas cuencas y sus altísimas montañas. Las ingentes cantidades de materiales radiactivos dejados por las colisiones comenzaron a calentar la roca por debajo de la superficie, fundiendo enormes cantidades de ésta y forzando mares de lava a través de las grietas de la superficie.

Así pues, los sumerios tenían razón al representar a la Luna como un cuerpo celeste por derecho propio. Al planeta Plutón se le ha
denominado el enigma, porque mientras que las órbitas de los demás planetas alrededor del Sol se desvían sólo un poco del círculo perfecto, la desviación o excentricidad de Plutón es tal que tiene la órbita más extensa y elíptica del sistema solar. Mientras que los demás planetas orbitan al Sol más o menos dentro del mismo plano, la órbita de Plutón tiene una inclinación nada menos que de 17 grados. Debido a estos dos rasgos atípicos de su órbita, Plutón es el único planeta que corta la órbita de otro planeta, Neptuno. En tamaño, Plutón se encuentra en realidad dentro de la clase satélite. Su diámetro, 5.800 kilómetros, no es mucho mayor que el de Tritón, un satélite de Neptuno, o Titán, uno de los diez satélites de Saturno. Debido a sus inhabitúales características, se ha llegado a sugerir que este podría haber comenzado su vida celeste como un satélite que, de algún modo, escapó a su dueño y tomó por sí mismo una órbita alrededor del Sol y esto, es realmente lo que sucedió, según los textos sumerios. Por asombroso que parezca,

Nuestros astrónomos han estado buscando evidencias que indiquen que, ciertamente, existió una vez un planeta entre Marte y Júpiter. A finales del siglo XVIII, antes incluso del descubrimiento de Neptuno, varios astrónomos demostraron que los planetas estaban situados a determinadas distancias del Sol, según una ley definida. Este planteamiento, que llegó a ser conocido como Ley de Bode, convenció a los astrónomos de que debió de haber un planeta dando vueltas en un lugar donde, hasta entonces, no se sabía que hubiera existido un planeta es decir, entre las órbitas de Marte y Júpiter. Animados por estos cálculos matemáticos, los astrónomos se pusieron a explorar los cielos en la zona en la que debería de estar el planeta perdido. En el siglo XIX, el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi descubrió, exactamente en la distancia indicada, un planeta muy pequeño, al que llamó Ceres. Hacia 1804, el número de asteroides pequeños encontrados allí ascendía a cuatro, hasta la fecha, se han contado cerca de 3,000 asteroides en órbita alrededor del Sol, en lo que ahora llamamos el cinturón de asteroides. Aunque los astrónomos están seguros de la existencia de tal planeta, no son capaces de explicar su desaparición.

Las respuestas a estos misterios se nos han transmitido desde la antigüedad, pues cuando se descifraron los textos encontrados en Mesopotamia, se tomó conciencia inesperadamente de que allí, en Mesopotamia, había textos que no sólo eran equiparables a algunas secciones de las Sagradas Escrituras, sino que también las precedían, entre los textos descubiertos por Henry Layard en las ruinas de la biblioteca de Assurbanipal en Nínive, había uno que hacía un relato de la Creación no muy diferente del Libro del Génesis. Conocido ahora como La Epopeya de la Creación, este texto mesopotámico es una verdadera cosmogonía, pues trata de los eventos previos y nos lleva hasta el comienzo de los tiempos, al tomarse literalmente este relato épico, ni más ni menos que como la declaración de hechos cosmológicos tal como los conocían los sumerios, o mejor dicho tal como se los habían transmitido los Dioses. Nos encontraremos con que La Epopeya de la Creación explica a la perfección los eventos que, probablemente, tuvieron lugar en nuestro sistema solar:
"Cuando, en las alturas, el Cielo no había recibido nombre, y abajo, el suelo firme no había sido llamado, nada, salvo el primordial Apsu, su Engendrador, Mummu y Tiamat la que les dio a luz a todos, sus aguas se entremezclaron. Ninguna caña se había formado aún, ni tierra pantanosa había aparecido. Ninguno de los dioses había sido traído al ser aún, nadie llevaba un nombre, sus destinos eran inciertos, fue entonces cuando se formaron los dioses en medio de ellos. En la inmensidad del espacio, los dioses los planetas estaban aún por aparecer, por ser nombrados, por tener sus destinos sus órbitas fijados. Sólo existían tres cuerpos, el primordial Apsu el que existe desde el principio, Mummu el que nació y Tiamat la doncella de la vida. Las aguas de Apsu y Tiamat se mezclaron, no las aguas en las que crecen las cañas, sino las aguas primordiales, Apsu, por tanto, es el Sol, el que existe desde el principio. El más cercano a él es Mummu, que era el ayudante de confianza y emisario de Apsu (una buena descripción de Mercurio, el pequeño planeta que gira con rapidez alrededor de su gigante señor. De hecho, ésta era la idea que los antiguos griegos y romanos tenían del dios planeta Mercurio el rápido mensajero de los dioses), Bastante más lejos estaba Tiamat. Ella era el monstruo Que Marduk despedazaría más tarde, Pero en los tiempos primordiales fue la verdadera virgen madre de la primera trinidad divina. El espacio entre ella y Apsu no estaba vacío, estaba henchido con los elementos primordiales de Apsu y Tiamat. Estas aguas se ntremezclaron, y se formaron dos dioses celestes en el espacio entre Apsu y Tiamat. Sus aguas se entremezclaron. Los dioses se formaron en medio de ellos, el dios Lahmu y el dios Lahamu nacieron, por su nombre se les llamó. Lahmu y Lahamu (Marte y Venus) nacieron pero, incluso antes de que hubieran crecido en edad y en estatura hasta el tamaño señalado, el dios Anshar y el dios Kishar fueron formados, sobrepasándoles en tamaño. Cuando se alargaron los días y se multiplicaron los años, el dios Anu se convirtió el hijo de sus antepasados en un rival. Entonces, el primogénito de Anshar, Anu, como su igual y a su imagen engendró a Nudimmud. Después, pasó algún tiempo se multiplicaron los años, y nació un tercer par de planetas.
Anu

Primero llegó Anu, más pequeño que Anshar y Kishar, pero mayor que los primeros planetas de sus antepasados un rival en tamaño. Después, Anu engendró, a su vez, a un planeta gemelo, su igual y a su imagen. Los hermanos divinos se agruparon, perturbaban a Tiamat con sus avances y retiradas. Alteraban el vientre deTiamat, con sus cabriolas en las moradas del cielo. Apsu no podía rebajar el clamor de ellos, Tiamat había enmudecido con sus maneras. Sus actos eran detestables. Molestas eran sus maneras. Los nuevos planetas avanzaban y se retiraban, se acercaban demasiado entre ellos interferían con la órbita de Tiamat, se acercaban demasiado a su vientre, sus maneras eran molestas. Aunque era Tiamat la que estaba en mayor peligro, Apsu también encontró detestables las maneras de los planetas, y anunció su intención de destruir, destrozar sus maneras. Se reunió con Mummu y consultó con él en secreto. Pero los dioses oyeron por casualidad todo lo que habían tramado entre ellos, y el complot para destruirles les hizo enmudecer. El único que no perdió su ingenio fue Ea. Pensó en una estratagema para verter el sueño en Apsu. A los otros dioses celestes les gustó el plan, y Ea dibujo un mapa preciso del universo, lanzando un hechizo divino sobre las aguas primordiales del sistema solar. Verter el sueño un efecto calmante en Apsu (el Sol). Incluso, Mummu, el Consejero, fue incapaz de moverse. Ea se movió con rapidez para quitarle a Apsu su papel creador. Apagando, según parece, las ingentes emisiones de materia primordial del Sol, Ea/Neptuno le arrancó la tiara a Apsu y le quitó el manto de su halo. Apsu fue vencido. Mummu ya no pudo deambular. Fue atado y abandonado, un planeta sin vida al lado de su señor. A
partir de entonces, este epíteto se le aplicó a la Morada de Ea. Cualquier planeta adicional podría venir solamente a través del nuevo Apsu desde lo Profundo desde los lejanos reinos del espacio que vislumbraba el más lejano de los planetas. En la Cámara de los Hados, el lugar de los Destinos, un dios fue engendrado, el más capaz y sabio de los dioses, en el corazón de lo Profundo fue Marduk creado. Un nuevo Dios celeste, un nuevo planeta se une ahora al reparto. Se formó en lo Profundo, lejos, en el espacio, en una zona donde se le había conferido movimiento orbital, un destino de planeta. Fue atraído hasta el sistema solar por el planeta más lejano. El que lo engendró fue Ea (Neptuno). El nuevo planeta era digno de contemplar. Su silueta era encantadora, brillante el gesto de sus ojos nobles eran sus andares, dominantes como los de antaño. Grandemente se le exaltó por encima de los dioses, rebasándolo todo. Era el más noble de los dioses, el más alto, sus miembros eran enormes, era excesivamente alto.


Surgiendo desde el Espacio exterior, Marduk era aún un planeta recién nacido, que escupía fuego y emitía radiaciones. Cuando movía los labios, estallaba el fuego. A medida que Marduk se acercaba a los demás planetas, éstos lanzaban sobre él sus impresionantes relámpagos, y él brillaba con fuerza, vestido con el halo de diez dioses. Ea, a medida que a Marduk se acerca, la atracción de éste sobre el recién llegado crece en intensidad. Neptuno tuerce el sendero de Marduk, haciéndolo bueno para sus objetivos, diluyó las vitales de aquellos, pellizcó sus ojos. La misma Tiamat iba de un lado a otro muy turbada, su órbita, evidentemente, se alteró. No tardó en despojar de trozos a Tiamat. De mitad de ella emergieron once monstruos, un tropel rugiente y furioso de satélites que se separaron de su cuerpo y marcharon junto a Tiamat. Preparándose para afrontar el embate de Marduk,Tiamat los coronó con halos, dándoles el aspecto de dioses (planetas). KINGU, el primogénito entre los dioses que formaron la asamblea de Tiamat. Ella elevó a Kingu, en medio de ellos lo hizo grande. El alto mando en la batalla confió a su mano. Sujeto a las conflictivas fuerzas gravitatorias, este gran satélite de Tiamat comenzó a moverse hacia Marduk. El que se le concediera a Kingu una Tablilla de Destinos un sendero planetario propio es lo que más disgustó a los planetas exteriores. ¿Quién le había concedido a Tiamat el derecho de dar a luz nuevos planetas?, preguntó Ea. El le llevó el problema a Anshar,( el gigante Saturno). Todo lo que Tiamat había conspirado, a él se lo repitió, ella ha creado una asamblea y ha montado en cólera les ha dado armas incomparables, ha dado a luz monstruos dioses, además once de esta clase ha dado a luz, de entre los dioses que formaban su asamblea, ella ha elevado a Kingu, su primogénito, le ha hecho jefe, le ha dado una tablilla de destinos, se la ha sujetado al pecho. Volviéndose a Ea, Anshar le preguntó si podría ir a matar a Kingu, pero parece ser que Ea no satisfizo a Anshar, dirigiéndose a Anu
(Urano) para averiguar si él aceptaría ir y enfrentarse a Tiamat. Pero Anu fue incapaz de enfrentarla y se volvió.

En los agitados cielos, crece la confrontación; un dios después de otro se apartan a un lado. ¿Acaso nadie va a darle batalla a la furiosa Tiamat? Marduk, después de pasar Neptuno y Urano, se acerca ahora a Anshar (Saturno) y sus amplios anillos.Esto le da a Anshar una idea: «Aquel que es potente será nuestro Vengador; aquel que es agudo en la batalla, Marduk, el héroe. Al ponerse al alcance de los anillos de Saturno él besó los labios de Anshar, Marduk responde, Si yo, realmente, como vuestro Vengador, he de vencer a Tiamat, he de salvar vuestras vidas, convoca una Asamblea para proclamar mi Destino supremo. La condición era atrevida pero simple, Marduk y su destino su órbita alrededor del Sol debían tener la supremacía entre todos los dioses celestes. Fue entonces cuando Gaga, el satélite de Anshar/ Saturno y futuro Plutón, se desvió de su curso, Anshar abrió la boca, a Gaga, su Consejero, una palabra dirigió. Ponte en camino, Gaga, toma tu puesto ante los dioses, y lo que yo te cuente repíteselo a ellos. Acercándose a los otros dioses/planetas, Gaga les instó a fijar su veredicto para Marduk. La decisión fue la que se preveía, lo único que ansiaban los dioses era que alguien diera la cara por ellos. Marduk es rey, gritaban, y le instaron a que no perdiera más tiempo. Ve y acaba con la vida de Tiamat. Los dioses habían decretado el destino de Marduk, la combinación de fuerzas gravitatorias había determinado que el sendero orbital de Marduk no tuviera más que una salida: hacia la batalla, una colisión con Tiamat.


Como corresponde a un guerrero, Marduk se preparó con diversas armas. Llenó su cuerpo con una llama ardiente, construyó un arco, al que sujetó una flecha, frente a sí puso al rayo y después hizo una red con la que envolver a Tiamat. Pero las principales armas de Marduk eran sus satélites, los cuatro vientos con los que Urano le proveyó cuando Marduk pasó junto a él: Viento Sur, Viento Norte, Viento Este, Viento Oeste. Al pasar junto a los gigantes, Saturno y Júpiter, y sujeto a sus tremendas fuerzas gravitatorias, Marduk sacó tres satélites más Viento del Mal, Torbellino y Viento Incomparable. Utilizando sus satélites como una cuadriga tormenta, lanzó los vientos que había hecho nacer, los siete. Los adversarios estaban dispuestos para la batalla. El Señor salió, siguió su curso, Hacia la furiosa Tiamat dirigió su rostro, El Señor se acercó para explorar el lado interno de Tiamat, los planes de Kingu, su consorte, apreciar. Pero a medida que los planetas se iban acercando entre sí, el curso de Marduk se hizo errático. Mientras observaba, su curso se vio afectado, su dirección se distrajo, sus actos eran confusos. Incluso los satélites de Marduk comenzaron a virar fuera de curso, Cuando los dioses, sus ayudantes, que marchaban a su lado, vieron al valiente Kingu, su visión se hizo borrosa. ¿Acaso los combatientes no iban a encontrarse después de todo? Pero la suerte estaba echada, los cursos llevaban inevitablemente a la colisión. Tiamat lanzó un rugido, el Señor levantó la desbordante tormenta, su poderosa arma. Cuando Marduk estuvo más cerca, la furia de Tiamat creció, las raíces de sus piernas se sacudían adelante y atrás. Ella empezó a lanzar hechizos contra Marduk el mismo tipo de ondas celestes que Ea había usado antes contra Apsu y Mummu. Pero Marduk siguió acercándose. Tiamat y Marduk, los más sabios de los dioses, avanzaban uno contra otro, prosiguieron el singular combate, se aproximaron para la batalla.

En los momentos previos a la creación del Cielo y la Tierra. El Señor extendió su red para atraparla, el Viento del Mal, el de más atrás, se lo soltó en el rostro. Cuando ella abrió la boca, Tiamat, para devorarlo, él le clavó el Viento del Mal para que no cerrara los labios. Los feroces Vientos de tormenta cargaron entonces su vientre, su cuerpo se dilató, la boca se le abrió aún más. A través de ella le disparó él una flecha, le desgarró el vientre, le cortó las tripas, le desgarró la matriz. Teniéndola así sojuzgada, su aliento vital él extinguió."

Esta es la teoría para explicar los enigmas celestes con los que aún nos enfrentamos. Un sistema solar inestable, compuesto por el Sol y nueve planetas, fue invadido por un gran planeta del espacio exterior, Ea primer lugar, se encontró con Neptuno, al pasar junto a Urano, el gigante Saturno y Júpiter, su curso se desvió en gran medida en dirección hacia el centro del sistema solar, al tiempo que sacaba siete satélites. Y entró en un curso inalterable de colisión con Tiamat, el siguiente planeta en línea.
Pero los dos planetas no chocaron entre sí, un hecho de importancia astronómica, fueron los satélites de Marduk los que chocaron con Tiamat, y no el mismo Marduk. Ellos dilataron el cuerpo de Tiamat, haciéndole una amplia hendidura. A través de estas fisuras en Tiamat, Marduk disparó una flecha, un rayo divino, una inmensa descarga eléctrica que saltó como una chispa desde el energéticamente cargado Marduk, el planeta que estaba lleno de brillantez. Quizás así podamos ofrecer una explicación a otro misterio más de nuestro sistema solar, el fenómeno de los cometas. Pequeños globos de materia, los cometas vienen a ser los miembros rebeldes del sistema solar, pues no parecen obedecer a ninguna de las normas de circulación. Las órbitas de los planetas alrededor del Sol son (con la excepción de Plutón) casi circulares, las órbitas de los cometas están estiradas, y, en la mayoría de los casos, lo están mucho hasta el punto de que algunos de ellos desaparecen de nuestra vista durante cientos o miles de años. Los planetas (con la excepción de Plutón) orbitan al Sol en el mismo plano general, las órbitas de los cometas se sitúan en muchos planos diferentes. Y lo más significativo es que, mientras que todos los planetas que conocemos circundan al Sol en la misma dirección contraria a las manecillas del reloj, muchos cometas se mueven en sentido inverso. Los astrónomos no
pueden decirnos cuál fue la fuerza o cuál fue el suceso que creó a los cometas y los arrojó a sus inusuales órbitas. La respuesta sumeria es que Marduk, barriendo en sentido inverso, en su propio plano orbital, despedazó la hueste de Tiamat hasta convertirla en pequeños cometas, afectándoles con su campo gravitatorio, con la llamada red. Astrónomos y físicos reconocen la existencia de grandes diferencias entre los planetas interiores o terrestres (Mercurio, Venus, la Tierra y su Luna, y Marte) y los planetas exteriores (Júpiter, etc.), dos grupos separados por un cinturón de asteroides. También encontramos en la epopeya sumeria el antiquísimo reconocimiento de estos fenómenos. Pero, además, se nos ofrece por primera vez una explicación cosmogónica-científica coherente de los acontecimientos celestes que llevaron a la desaparición del planeta perdido y a la resultante creación del cinturón de asteroides (además de los cometas) y de la Tierra. Después de que Marduk partiera a Tiamat en dos, con sus satélites y sus descargas eléctricas, otro satélite le empujó la mitad superior a una nueva órbita, dando origen así a la Tierra, después Marduk en su segunda órbita, hizo pedazos la parte inferior y la esparció en una gran banda celeste. Todos los enigmas que se han mencionado tienen respuesta en la Epopeya de la Creación, descifrada de este modo, además, también disponemos de respuesta a la pregunta de por qué los continentes de la Tierra se concentran en uno de sus lados mientras, en el lado opuesto, queda una enorme cavidad (el Océano Pacífico). Las referencias constantes a las aguas de Tiamat se llamó el Monstruo del Agua, y esto explicaría por qué la Tierra, como parte de Tiamat, fue dotada también con esta agua. De hecho, algunos estudiosos modernos denominan a la Tierra como planeta océano, pues es el único de los planetas conocidos del sistema solar que ha sido bendecido con estas aguas dadoras de vida.

Por novedosas que puedan parecer estas teorías cosmológicas, fueron hechos aceptados por los profetas y sabios cuyas palabras pueblan el Antiguo Testamento. El profeta Isaías recordó los días de antaño, cuando el poder del Señor partió a la Altiva, hizo
dar vueltas al monstruo del agua, secó las agua de Tehom-Raba, llamando al Señor Yahveh mi rey de antaño, el salmista interpretó en unos cuantos versos la cosmogonía de la epopeya de la Creación, al decir "Por tu poder, las aguas tú dispersaste, al líder de los monstruos del agua quebraste" y Job rememoraba al Señor celestial cuando heria "los
esbirros de la Altiva"
y con una sofisticación agronómica impresionante, ensalzó al Señor,

"El dosel repujado extendió en el lugar de Tehom, la Tierra suspendió en el vacío.
Su poder detuvo las aguas, su energía partió a la Altiva, su viento extendió el
brazalete repujado, su mano extinguió al sinuoso dragón."


Los expertos bíblicos reconocen que el hebreo Tehom o profundidad del agua proviene de Tiamat, que Tehom-Raba significa gran Tiamat, y que la comprensión bíblica de los acontecimientos primitivos se basa en las épicas cosmológicas sumerias. Habría que aclarar también que, por encima de todos estos paralelos, se encuentran los primeros versículos del Libro del Génesis, donde se dice que el viento del señor se cernía sobre las aguas de Tehom, y que el relámpago del Señor (Marduk en la versión babilonia) iluminó la oscuridad del espacio al golpear y quebrar a Tiamat, creando a la Tierra y a Rakia o el brazalete repujado. Esta banda celeste, hasta ahora traducida como firmamento recibe el nombre de Cielo. La epopeya nos informa que, como uno de sus últimos actos en los cielos, Marduk asignó a este Dios celeste a un lugar oculto, a una órbita desconocida hasta entonces que daba a lo profundo, y le confió la consejería de la profundidad de las Aguas.

En la línea de su nueva posición, el planeta se renombró como Usmi o aquel que muestra el camino, el planeta más exterior, nuestro Plutón. Según la epopeya de la Creación, Marduk alardeó en cierto instante diciendo, "Los caminos de los Dioses celestes voy a alterar ingeniosamente, en dos grupos se dividirán" y ciertamente lo hizo, eliminó de los cielos a la primera pareja en la creación del Sol, Tiamat trajo a la existencia a la Tierra, llevándola a una nueva órbita, más cercana al Sol. Repujó un brazalete en los cielos, el cinturón de asteroides que separa al grupo de los planetas interiores del grupo de los planetas exteriores, convirtió a la mayoría de los satélites de Tiamat en cometas y a su satélite principal Kingu, lo puso en órbita alrededor de la Tierra para convertirse en la Luna y cambió de lugar un satélite de Saturno, Gaga, para convertirlo en el planeta Plutón, confiriéndole algo de sus propias características orbítales (como la de su plano orbital diferente). Los enigmas de nuestro sistema solar, las cavidades oceánicas de la Tierra, la devastación de la Luna, las órbitas inversas de los cometas, los misteriosos fenómenos de Plutón son perfectamente explicables a través de la epopeya de la Creación mesopotámica, si la desciframos del modo en que lo hemos hecho.... Así, habiendo elaborado las posiciones de los planetas, Marduk tomó para sí la posición Nibiru, que es el plantea de los Dioses y cruzó los cielos e inspeccionó el nuevo sistema solar. Ahora se componía de doce cuerpos celestes, con doce Grandes Dioses como homólogos.


La Epopeya de la Creación afirma, claramente, que Marduk era un invasor de fuera del sistema solar, que había pasado junto a los planetas exteriores (incluidos Júpiter y Saturno) antes de colisionar con Tiamat. Los sumerios lo llamaron Nibiru, es decir el planeta del cruce, y la versión babilonia de la epopeya da información de que este planeta tiene una orbita elíptica parecida a la de un cometa, la cual se completa cada 3600 años.


La creación del Hombre* Trasmitida por los (*SUMERIO*)


La afirmación, registrada y transmitida por los sumerios, de que el «Hombre» fue creado por los nefilim, parece entrar en conflicto, a primera vista, tanto con la teoría de la evolución como con los dogmas judeo-cristianos basados en la Biblia.Pero, de hecho, la información contenida en los textos sumerios -y sólo esa información-puede afirmar tanto la validez de la teoría de la evolución como la verdad del relato bíblico, y demostrar que, en realidad, no existe conflicto alguno entre ambas.

En la epopeya «Cuando los dioses como hombres», en otros textos concretos y en referencias de pasada, los sumerios describieron al Hombre no sólo como una creación deliberada de los dioses, sino también como un eslabón en la cadena evolutiva que comenzó con los acontecimientos celestes descritos en «La Epopeya de la Creación». Sosteniendo la firme creencia de que la creación del Hombre fue precedida por una era durante la cual sólo los nefilim estaban en la Tierra, los textos sumerios registraron, caso por caso (por ejemplo, el incidente entre Enlil y Ninlil), los acontecimientos que tuvieron lugar «cuando el Hombre aún no había sido creado, cuando Nippur estaba habitado sólo por los dioses». Al mismo tiempo, los textos también describieron la creación de la Tierra y la evolución de la vida de plantas y animales en ella, y lo hicieron en unos términos que se conforman a las actuales teorías evolucionistas.


Los textos sumerios afirman que, cuando llegaron los nefilim a la Tierra, aún no se habían extendido por ésta las artes del cultivo de cereales y frutales, así como la del cuidado del ganado. Del mismo modo, el relato bíblico sitúa la creación del Hombre en el sexto «día» o fase del proceso evolutivo. El Libro del Génesis afirma también que, en un estadio evolutivo anterior:

Ninguna planta de campo abierto había aún sobre la Tierra,
ninguna hierba que es plantada había germinado todavía…
Y el Hombre no estaba todavía allí para trabajar el suelo.

Todos los textos sumerios afirman que los dioses crearon al Hombre para que hiciera el trabajo de ellos. Explicado en boca de Marduk, la epopeya de la Creación da cuenta de la decisión:

http://www.bibliotecapleyades.net/sitchin/planeta12/imagenes/fig151.gif

Engendraré un Primitivo humilde;
«Hombre» será su nombre.
Crearé un Trabajador Primitivo;
él se hará cargo del servicio de los dioses,
para que ellos puedan estar cómodos.

Los términos que sumerios y acadios utilizaban para designar al «Hombre» hablan a las claras de su estatus y de su propósito: el Hombre era un Mu (primitivo), un Mu amelu (trabajador primitivo), un awilum (obrero). Que el Hombre hubiera sido creado para servir a los dioses no resultaba en absoluto una idea chocante o extraña para los pueblos antiguos. En los tiempos bíblicos, la divinidad era «Señor», «Soberano», «Rey», «Amo». La palabra que, normalmente, se traduce como «culto» era, en realidad, avod (trabajo). El Hombre antiguo y bíblico no daba «culto» a su dios; trabajaba para él.
Pero, en cuanto la deidad bíblica (al igual que los dioses de los relatos sumerios) creó al Hombre, plantó un jardín y puso al Hombre a trabajar en él:

Y el Señor Dios tomó al «Hombre»
y lo puso en el Jardín del Edén
para que lo labrase y cuidase.

Más adelante, la Biblia describe a la Divinidad «paseando por el jardín a la hora de la brisa», ahora que el nuevo ser estaba allí para cuidar del Jardín del Edén. ¿Tan lejos se encuentra esta versión de aquello que dicen los textos sumerios acerca de que los dioses exigieron trabajadores para, así, poder ellos descansar y relajarse?


En las versiones sumerias, la decisión de crear al Hombre se, adoptó en la Asamblea de los dioses. De manera significativa, el libro del Génesis, que, supuestamente, ensalza los logros de una sola Deidad, utiliza el plural Elohim (literalmente «deidadej») para denotar a «Dios», y nos hace un sorprendente "comentario:

Y Elohim dijo:
«Hagamos al Hombre a nuestra imagen,
como semejanza nuestra»"

¿De quiénes está hablando no la singular, sino la plural deidad, y quiénes eran esos «nosotros» en cuya plural imagen y plural semejanza había que hacer al Hombre? El libro del Génesis no nos da la respuesta. Después, cuando Adán y Eva comieron del fruto del Árbol del Conocimiento, Elohim hace una advertencia a los mismos colegas anónimos: «He aquí que el Hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal».


Dado que el relato bíblico de la Creación, al igual que otros relatos de los comienzos en el Génesis, proviene de fuentes sumerias, la respuesta es obvia. Al condensar los muchos dioses en una única Deidad Suprema, el relato bíblico no es más que una versión revisada de los informes sumerios sobre las discusiones en la Asamblea de los Dioses.


El Antiguo Testamento se esfuerza por dejar claro que el Hombre no era un dios ni era de los cielos. «Los Cielos son los Cielos del Señor, a la Humanidad la Tierra Él le ha dado». El nuevo ser fue llamado «el Adán» porque fue creado del adama, de la tierra, del suelo de la Tierra. En otras palabras, el Adán era «el Terrestre».


Careciendo sólo de cierto «conocimiento», así como de un período de vida divino, el Adán fue creado en todos los demás aspectos a imagen (selem) y semejanza (dmut) de su(s) Creador (es). El uso de ambos términos en el texto se hizo para no dejar duda de que el Hombre era similar a (los) Dios(es) tanto en lo físico como en lo emocional, en lo externo y en lo interno.


En todas las antiguas representaciones artísticas de dioses y hombres, la semejanza física es evidente. Aunque la advertencia bíblica en contra de la adoración de imágenes paganas diera pie a la idea de que el Dios hebreo no tenía imagen ni semejanza, el Génesis, al igual que otros informes bíblicos, atestigua todo lo contrario. El Dios de los antiguos hebreos se podía ver cara a cara, se podía luchar con él, se le podía escuchar y hablar; tenía cabeza y pies, manos y dedos, incluso cintura. El Dios bíblico y sus emisarios parecían hombres y actuaban como hombres, porque los hombres fueron creados a semejanza de los dioses y actuaban como los dioses.


Pero en esta cosa tan simple subyace un gran misterio. ¿De qué manera una nueva criatura pudo ser, física, mental y emocionalmente, una réplica virtual de los nefilim? Realmente, ¿cómo fue creado el Hombre?


El mundo occidental hacía tiempo que estaba entregado a la idea de que, creado deliberadamente, el Hombre había sido puesto en la Tierra para someterla y ejercer su dominio sobre todas las demás criaturas. Después, en noviembre de 1859, un naturalista inglés llamado Charles Darwin publicó un tratado llamado On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favou-red Races in the Struggle for Life. Resumiendo cerca de treinta años de investigación, el libro añadía, a los conceptos previos sobre la evolución natural, la idea de una selección natural como consecuencia de la lucha de todas las especies -tanto de plantas como de animales- por la existencia.


El mundo cristiano ya se había llevado un golpe cuando, desde 1788 en adelante, destacados geólogos habían comenzado a expresar su creencia de que la Tierra tenía una gran antigüedad, mucho mayor que la de los más o menos 5.500 años del calendario hebreo. Pero lo explosivo del caso no fue el concepto de evolución como tal; estudiosos anteriores ya habían observado este proceso, y los eruditos griegos del siglo iv a.C. ya habían recopilado datos sobre la evolución de la vida animal y vegetal.


El terrible bombazo de Darwin consistió en la conclusión de que todos los seres vivos -incluido el Hombre- eran producto de la evolución. El Hombre, en contra de la creencia sostenida entonces, no había sido generado espontáneamente.


La reacción inicial de la Iglesia fue violenta. Pero, a medida que los hechos científicos concernientes a la verdadera edad de la Tierra, la evolución, la genética y otros estudios biológicos y antropológicos salían a la luz, las críticas de la Iglesia iban enmudeciendo. Parecía que, al final, las mismísimas palabras del Antiguo Testamento hacían indefendible el relato del Antiguo Testamento; pues, ¿cómo iba a decir un Dios que no tiene cuerpo y que está universalmente solo: «Hagamos al Hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra»"?


Pero, realmente, ¿no somos más que «simios desnudos»? ¿Es que el mono no está más allá de la distancia de un brazo, evolutivamente hablando? ¿Es que la musaraña arborícola es un ser humano que aún no se pone de pie ni ha perdido la cola?


Los científicos modernos van a tener que cuestionarse las teorías simples. La evolución puede explicar el curso general de los acontecimientos que han hecho que la vida y las formas de vida se desarrollen en la Tierra, desde la más simple criatura unicelular hasta el Hombre. Pero la evolución no puede dar cuenta de la aparición del Homo sapiens, que tuvo lugar de la noche a la mañana, en los términos de millones de años que la evolución requiere, y sin ninguna evidencia de estadios previos que pudieran indicar un cambio gradual desde el Homo erectus.


El homínido del género Homo es un producto de la evolución. Pero el Homo sapiens es el producto de un acontecimiento repentino, revolucionario. Apareció inexplicablemente hace unos 300.000 años, millones de años demasiado pronto.
Los expertos no tienen explicación para esto. Pero nosotros sí. Los textos sumerios y babilonios sí que la tienen. Y el Antiguo Testamento también.


El Homo sapiens -el Hombre moderno- fue creado por los antiguos dioses.


Afortunadamente, los textos mesopotámicos hacen una clara exposición del momento en que fue creado el Hombre. El relato de las fatigas y el posterior motín de los anunnaki nos dice que. «durante 40 períodos sufrieron el trabajo, día y noche»; los largos años de su duro trabajo los dramatizó el poeta con la repetición de versos.

Durante 10 períodos sufrieron el duro trabajo;
durante 20 períodos sufrieron el duro trabajo;
durante 30 períodos sufrieron el duro trabajo;
durante 40 períodos sufrieron el duro trabajo.

El antiguo texto usa el término ma para decir «período», y la mayoría de los expertos lo han traducido por «año». Pero el término connotaba «algo que se completa y, después, se repite». Para los hombres de la Tierra, un año equivale a una órbita completa de la Tierra alrededor del Sol. Pero, como ya hemos demostrado, la órbita del planeta de los nefilim equivalía a un shar, o 3.600 años terrestres.


Cuarenta shar, o 144.000 años terrestres, después de .su, llegada, fue cuando los anunaki dijeron: «¡Basta!». Si los nefilim llegaron a la Tierra, tal como hemos concluido, hace alrededor de 450.000 años, ¡la creación del Hombre debió tener lugar hace unos 300.000 años!


Los nefilim no crearon a los mamíferos, a los primates o a los homínidos. «El Adán» de la Biblia no era el género Homo, sino el ser que es nuestro antepasado, el primer Homo sapiens. Lo que los nefilim crearon es el Hombre moderno, tal como lo conocemos.


La clave para comprender este hecho crucial se encuentra en el relato en el que despiertan a Enki para informarle que los dioses han decidido formar un adamu, y que su tarea consiste en buscar la forma de hacerlo. A todo esto, responde Enki:

«La criatura cuyo nombre pronunciáis ¡EXISTE!»

y añade: «Sujetad sobre ella» -sobre la criatura que ya existe- «la imagen de los dioses».


Aquí, por tanto, se encuentra la respuesta al enigma: los nefilim no «crearon» al Hombre de la nada; más bien, tomaron una criatura que ya existía y la manipularon para «sujetar sobre ella» la «imagen de los dioses».


El Hombre es el producto de la evolución; pero el Hombre moderno, el Homo sapiens, es el producto de los «dioses». Pues, en algún momento, hace alrededor de 300.000 años, los nefilim cogieron a un hombre-simio (Homo erectus) y le implantaron su propia imagen y semejanza.


No hay ningún conflicto entre la evolución y los relatos de la creación del Hombre de Oriente Próximo. Más bien, se explican y se complementan uno a otro. Pues, sin la creatividad de los nefilim, el hombre moderno se encontraría aún a millones de años de distancia en su árbol evolutivo.

Remontémonos en el tiempo e intentemos visualizar las circunstancias y los acontecimientos, tal como se revelaron. La gran etapa interglacial, que comenzó hace alrededor de 435.000 años, y su clima cálido hicieron que proliferara el alimento y los animales. También aceleró la aparición y la expansión de un avanzado simio de aspecto humano el Homo erectus.Cuando los nefilim observaran toda ésta fauna, no sólo verían a los mamíferos predominantes sino también a los primates, entre los cuales estarían esos simios de aspecto humano. Y existe la indudable posibilidad de que algunas de esas bandas de Homo erectus que iban de aquí para allí se sintieran fascinadas y se acercaran a observar los objetos ígneos que se elevaban en el cielo. Incluso es muy posible que los nefilim observaran, encontraran e, incluso, capturaran a algunos de estos interesantes primates.


Que los nefilim y los simios de aspecto humano se conocieron es algo que viene atestiguado por varios textos antiguos. Un relato sumerio, que trata de los tiempos primordiales, afirma:

Cuando la Humanidad fue creada,
no sabían nada sobre comer pan,
i no sabían nada sobre ponerse prendas de vestir;
comían plantas con la boca, como la oveja;
bebían agua de una zanja.

En La Epopeya de Gilgamesh se describe también a este ser «humano» medio animal. Aquí se nos dice el aspecto que tenía Enkidu, el «nacido en las estepas», antes de civilizarse:

Peludo es todo su cuerpo,
dotado en la cabeza con una melena como la de una mujer…
No sabe nada de gente ni de tierra;
su atuendo es como el de uno de los campos verdes;
come hierba con las gacelas; con las bestias salvajes se codea
en el abrevadero;
con las prolíficas criaturas en el agua
su corazón se deleita.

El texto acadio no sólo describe a un hombre de aspecto animal; también habla de un encuentro con tal ser:

Entonces, un cazador, uno que pone trampas,
se puso frente a él en el abrevadero.
Cuando el cazador lo vio,
su cara se quedó inmóvil…
La inquietud tocó su corazón, su rostro se ensombreció,
pues la angustia había entrado en su vientre.

En el cazador había algo más que temor, tras contemplar «al salvaje», a ese «bárbaro de las profundidades de la estepa»; pues ese «salvaje» se entrometía también en los asuntos del cazador:

Él rellenaba los hoyos que yo había cavado,
desmontaba las trampas que yo había puesto;
las bestias y las criaturas de la estepa
había hecho que se me escaparan de entre las manos.

No podemos pedir una descripción mejor de un hombre-simio: un nómada vagabundo peludo que «ni sabe de gente ni de tierra», vestido con hojas, «como uno de los campos verdes», comiendo hierba y viviendo entre animales. Sin embargo, no carece de cierta inteligencia, pues sabe cómo desmontar las trampas y rellenar los hoyos del cazador. En otras palabras, protegía a sus amigos animales, evitaba que fueran capturados por los cazadores alienígenas. Se han encontrado muchos sellos cilíndricos que representan a este hombre-simio peludo entre sus amigos animales.

Entonces, ante la necesidad de mano de obra, y resueltos a conseguir un Trabajador Primitivo, los nefilim pensaron en una solución a la medida: domesticar al animal adecuado. El «animal» estaba disponible, pero el Homo erectus planteaba un problema. Por una parte, era demasiado inteligente y salvaje como para convertirse, así, por las buenas, en una dócil bestia de trabajo. Por otra parte, no se adecuaba realmente al trabajo requerido. Precisaría de algunos cambios físicos. Tenía que ser capaz de agarrar y usar las herramientas de los nefilim, caminar y doblarse como ellos para poder sustituir a los dioses en campos y minas. Tenía que disponer de un «cerebro» mejor -no como el de los dioses, pero sí lo suficientemente bueno como para comprender las palabras, las órdenes y las tareas que se le asignaran. Necesitaba la suficiente inteligencia y comprensión como para ser un obediente y útil amelu -un siervo.


Si, como las evidencias: de la antigüedad y la ciencia moderna parecen confirmar, la vida en la Tierra germinó de la vida en el Duodécimo Planeta, la evolución en la Tierra debió avanzar del mismo modo en que lo hizo en el Duodécimo Planeta. Indudablemente, tuvo que haber mutaciones, variaciones, aceleraciones y retrasos provocados por las diferentes situaciones locales; pero los mismos códigos genéticos, la misma «química de la vida» que se encuentra en todos los seres vivos de la Tierra tuvo que guiar el desarrollo de las formas de vida terrestres en la misma dirección general que siguió en el Duodécimo Planeta.


Al observar las distintas formas de vida de la Tierra, los nefilim y su científico jefe, Ea, no debieron tardar demasiado en darse cuenta de lo que sucedía: durante la colisión celeste, su planeta había inseminado la Tierra con su propia vida. De ahí, que el ser que pretendían convertir en trabajador era, ciertamente, similar a los nefilim, aunque en una forma menos evolucionada.


Lo que necesitaban no era un proceso gradual de domesticación a través de generaciones de cría y selección, sino un proceso rápido que permitiera la «producción masiva» de nuevos trabajadores. Así pues, se le planteó el problema a Ea, que vio la respuesta de inmediato: «imprimir» la imagen de los dioses sobre el ser que ya existía.El proceso que Ea recomendó para conseguir un avance evolutivo rápido del Homo erectus era, según creemos, la manipulación genética.


Ahora sabemos que el complejo proceso biológico por el cual un organismo vivo se reproduce, creando una progenie que se parece a sus padres, se realiza a través del código genético. Todos los organismos vivos -desde la lombriz hasta el helecho arborescente o el Hombre- disponen, en el interior de cada célula, de una serie de cromosomas, unos cuerpecillos diminutos con forma de vara, que conservan toda la información hereditaria de ese organismo en particular. Cuando la célula masculina (el polen, el esperma) fertiliza la célula femenina, los dos grupos de cromosomas se combinan y, luego, se dividen para formar nuevas células que tienen todas las características hereditarias de las células de los dos progenitores.


En la actualidad, es posible la inseminación artificial, incluso la de un huevo humano femenino. Pero el desafío se encuentra en la fertilización cruzada entre diferentes familias dentro de la misma especie, e, incluso, entre especies diferentes. La ciencia moderna ha hecho un largo camino desde el desarrollo de los primeros cereales híbridos, el cruce de perros de Alaska con lobos o la «creación» de la mula (el apareamiento artificial de una yegua con un burro), hasta la capacidad para manipular la propia reproducción del Hombre.


El proceso llamado clonación (del griego klon -ramita) aplica a los animales el mismo principio que se sigue cuando se corta uno de los tallos de una planta para, con él, reproducir otras plantas similares. Esta técnica, aplicada a los animales, se demostró viable por primera vez en Inglaterra, cuando el Dr. John Gordon sustituyó el núcleo de un huevo fertilizado de rana por el material nuclear de otra célula de la misma rana. La generación de renacuajos normales demostró que el huevo procedía a desarrollar, subdividir y crear progenie sin importar de dónde se obtuviera el grupo de cromosomas a emparejar.

Los experimentos del Institute of Society, Ethics and Life Sciences de Hastings-on-Hudson, Nueva York, han demostrado que ya se dispone de las técnicas necesarias para la clonación de seres humanos. En estos momentos, es posible tomar el material nuclear de cualquier célula humana (no necesariamente de los órganos sexuales) e, introduciendo sus 23 pares de cromosomas completos en el óvulo femenino, concebir y dar a luz a una persona «predeterminada». En la concepción normal, los cromosomas del «padre» y de la «madre» se mezclan para, después, dividirse y concluir en los 23 pares de cromosomas, en un proceso de combinaciones fortuitas. Pero, en la clonación, la descendencia es una réplica exacta de un grupo de cromosomas que no se ha dividido. Poseemos ya, según el Dr. W. Gaylin, «el tremendo conocimiento para hacer copias exactas de seres humanos» -un número ilimitado de Hitlers, Mozarts o Einsteins (si hubiéramos preservado sus núcleos celulares).


Pero el arte de la ingeniería genética no se limita a un proceso. Investigadores de muchos países han perfeccionado un proceso llamado «fusión celular» que hace posible fundir células en vez de combinar cromosomas dentro de una única célula. Como resultado de este proceso, células de diferentes procedencias se pueden fundir en una «supercélula», conservando dentro de sí misma los dos núcleos y una doble serie de cromosomas emparejados. Cuando esta célula se divide, la mezcla de núcleos y cromosomas se puede escindir según un modelo diferente al de cada célula antes de la fusión. El resultado puede ser el de dos nuevas células, cada una de ellas genéticamente completa, pero cada una con una nueva serie de códigos genéticos, completamente trastocados con relación a los que había en las células de los progenitores.


Esto significa que las células de lo que, hasta ahora, eran organismos vivos incompatibles -por ejemplo, las de un pollo y las de un ratón- se pueden fundir para formar células nuevas con nuevas mezclas genéticas que producirán animales nuevos, que no serán ni pollos ni ratones, tal como los conocemos. Aun más refinado, el proceso nos puede permitir también la selección de las características o rasgos de una forma de vida que se pretenden impartir a la célula combinada o «fusionada».Esto está llevando al desarrollo del amplio campo de los «trasplantes genéticos». Ahora es posible extraer de determinadas bacterias un gen específico e introducirlo en una célula animal o humana, dándole a la descendencia una característica añadida.

Deberíamos suponer que los nefilim, que eran capaces de realizar viajes espaciales hace 450.000 años, debían de estar igualmente avanzados en el campo de las ciencias de la vida, si comparamos su situación con la nuestra de hoy en día. También deberíamos suponer que conocían las distintas alternativas por las cuales combinar dos grupos de cromosomas preseleccionados para obtener un resultado genético predeterminado; y que, si los procesos eran similares a la clonación, a la fusión celular, al trasplante genético u otro método desconocido para nosotros todavía, ellos debían conocer estos procesos y podrían llevarlos a cabo no sólo en la probeta del laboratorio, sino también en organismos vivos.


Existe una referencia a estas mezclas de dos fuentes de vida en los textos antiguos. Según Beroso, la deidad Belo (señor) -llamado también Deo (dios)- engendró a varios «Seres espantosos, que fueron generados a partir de un principio doble». Aparecían hombres con dos alas, algunos con cuatro y dos caras. Tenían un cuerpo, pero dos cabezas, una de hombre, otra de mujer. Del mismo modo, tenían tanto órganos masculinos como femeninos. Otras figuras humanas se veían con patas y cuernos de cabra. Unos tenían pies de caballo; otros tenían extremidades de caballo detrás, pero por delante tenían forma como de hombres, pareciendo hipocentauros. Del mismo modo, se creaban allí toros con cabeza de hombre; y perros con cuerpos cuádruples, y colas de peces. También caballos con cabeza de perro; hombres también, y otros animales, con cabeza y cuerpo de caballo y cola de pez. En resumen, había criaturas con extremidades de cada una de las especies animales…De todo esto se conservaron imágenes en el templo de Belo en Babilonia.

Los desconcertantes detalles de este relato pueden conservar una importante verdad. Es bastante probable que, antes de recurrir a la creación de un ser con su propia imagen, los nefilim intentaran resolver el problema con un «sirviente manufacturado», experimentando con otras alternativas, como la creación de un híbrido animal-hombre-simio. Algunas de estas criaturas artificiales quizás sobrevivieron por un tiempo, pero, ciertamente, debieron ser incapaces de reproducirse. Es posible que los enigmáticos hombres-toro y hombres-león (esfinges) que adornaban los templos del Oriente Próximo de la antigüedad no fueran sólo el producto de la imaginación de un artista, sino criaturas reales que salieran de los laboratorios biológicos de los nefilim -experimentos fallidos, conmemorados en el arte y en forma de estatuas.

Los textos sumerios también hablan de seres humanos deformes creados por Enki/Ea y la Diosa Madre (Ninhursag) durante el transcurso de sus esfuerzos por dar forma a un Trabajador Primitivo perfecto. En uno de los textos se dice que Ninhursag, cuya tarea era «sujetar sobre la mezcla el molde de los dioses», se emborrachó y «fue a ver a Enki»,

«¿Cuán bueno y cuán malo es el cuerpo del Hombre?
Según me dicta el corazón,
puedo hacer su destino bueno o malo».

Entonces, picaramente, según este texto -pero, probablemente, sin poderlo evitar, como parte del proceso de ensayo-error-, Ninhursag creó a un Hombre que no podía retener la orina, una mujer que no podía tener hijos, un ser que no tenía órganos masculinos ni femeninos. En conjunto, Ninhursag engendró seis seres humanos deformes o deficientes. A Enki se le consideró responsable de la creación imperfecta de un hombre de ojos débiles y manos temblorosas, enfermo del hígado y con deficiencias cardiacas; así como de otro con enfermedades relacionadas con la vejez, etc.


Pero, por fin, se logró el Hombre perfecto -al que Enki llamó Adapa; la Biblia, Adán; y nuestros expertos, Homo sapiens. Este ser era tan similar a los dioses que, en un texto, se llega incluso al punto de decir que la Diosa Madre le dio a su criatura, el Hombre, «una piel como la piel de un dios» -un cuerpo suave y sin pelo, bastante diferente del peludo hombre-simio. Con este producto final, los nefilim fueron genéticamente compatibles con las hijas del Hombre, y pudieron casarse con ellas y tener hijos de ellas. Pero tal compatibilidad sólo podría darse si el Hombre se hubiera desarrollado a partir de la misma «simiente de vida», como los nefilim. Y, ciertamente, esto es lo que los antiguos textos intentaban decir.

El Hombre, tanto en el concepto mesopotámico como en el bíblico, estaba hecho de la mezcla de un elemento divino -la sangre de un dios o la «esencia» de su sangre- y de la «arcilla» de la Tierra. Y la verdad es que el término lulu que se le aplicaba al Hombre, aunque llevando el sentido de «primitivo», significaba literalmente «aquel que ha sido mezclado».Habiéndole pedido que diera forma a un hombre, la Diosa Madre «se lavó las manos, tomó un pellizco de arcilla, lo mezcló en la estepa». (Resulta fascinante observar aquí las precauciones higiénicas que tomó la diosa. «Se lavó las manos.» Nos encontramos también estos procedimientos clínicos en otros textos de la creación.)


El uso de «arcilla» terrestre mezclada con «sangre» divina para crear el prototipo del Hombre está firmemente establecido en los textos mesopotámicos. En uno de ellos, donde se cuenta cómo se le pidió a Enki que «efectuara una gran obra de Sabiduría» -de «saber hacer» científico-, afirma que Enki no tuvo grandes problemas en llevar a cabo la tarea de «elaborar servidores para los dioses». «¡Se Puede hacer!», anunció. Y, después, dio estas instrucciones a la Diosa Madre:

«Mezcla a un corazón la arcilla
del Fundamento de la Tierra,
-justo por encima del Abzu-
y dale la forma de un corazón.
Yo proporcionaré buenos e inteligentes dioses jóvenes
que llevarán esa arcilla hasta el estado adecuado».


El segundo capítulo del Génesis ofrece esta versión técnica:

Y Yahveh, Elohim, formó el Adán
de la arcilla del suelo;
y Él sopló en sus narices el aliento de vida,
y el Adán se convirtió en una Alma viviente.

El término hebreo que se traduce, normalmente, como «alma» es nephesh, ese esquivo «espíritu» que anima a la criatura viva y que parece que la abandone cuando muere. No por casualidad, el Pentateuco (los cinco primeros libros del Antiguo Testamento) exhorta una y otra vez contra el derramamiento de sangre humana y la ingestión de sangre animal «porque la sangre es el nephesh». La versiones bíblicas de la creación del Hombre equiparan, de este modo, nephesh («espíritu», «alma») y sangre.


El Antiguo Testamento ofrece otra pista sobre el papel de la sangre en la creación del Hombre. El término adama (del cual proviene el nombre de Adán) significa, originalmente, no sólo cualquier tierra o suelo, sino, específicamente, suelo rojo oscuro. Al igual que la palabra acadia homologa adamatu («tierra roja oscura»), el término hebreo adama y el nombre hebreo del color rojo (adom) provienen de las palabras empleadas para designar la sangre: adatnu, dam. Cuando el libro del Génesis nombra al ser creado por Dios «el Adán», emplea un juego de doble significado muy habitual en la lingüística sumeria. «El Adán» podía significar «el de la tierra» (terrestre), «el hecho de suelo rojo oscuro», y «el hecho de sangre».

La misma relación entre el elemento esencial de las criaturas vivas y la sangre existe en los relatos mesopotámicos de la creación del Hombre. Esa especie de hospital donde Ea y la Diosa Madre engendraron al Hombre recibía el nombre de Casa de Shimti. La mayoría de los expertos lo traducen como «la casa donde se determinan los destinos». Pero el término Shimti proviene, inequívocamente, del sumerio SHI.IM.TI, que, tomado sílaba a sílaba, significa «respirar-viento-vida». Así pues, Bit Shimti significaría, literalmente, «la casa donde el viento de la vida se insufla», lo cual es, virtualmente, idéntico a la afirmación bíblica.


Lo cierto es que la palabra acadia que se empleó en Meso-potamia para traducir el sumerio SHI.IM.TI fue napishtu -el homólogo exacto del término bíblico nephesh. Y el nephesh o napishtu era un «algo» esquivo en la sangre. Aunque el Antiguo Testamento no ofrecía demasiadas pistas, los textos mesopotámicos eran bastante explícitos en el tema. No sólo afirmaban que hacía falta sangre para la mezcla de la cual se elaboró el Hombre, sino que también especificaban que tenía que ser la sangre de un dios, sangre divina.Cuando los dioses decidieron crear al Hombre, su líder anunció: «Sangre amasaré, huesos nacerán». Sugiriendo que la sangre se tomaría de un dios específico, «Que los primitivos se forjen según su [de él] modelo», dijo Ea. Al elegir al dios,

De su [de él] sangre, ellos forjarán a la Humanidad;
imponiéndole el servicio, que libere a los dioses…
Fue un trabajo más allá de la comprensión.

Según el relato épico «Cuando los dioses», los dioses llamaron entonces a la Diosa del Nacimiento (la Diosa Madre, Ninhursag) y le pidieron que realizara el trabajo:

Mientras la Diosa del Nacimiento esté presente,
que la Diosa del Nacimiento forje una descendencia.
Mientras la Madre de los Dioses esté presente,
que la Diosa del Nacimiento forje un Lulu;
que el trabajador lleve la carga de los dioses.
Que cree un Lulu Amelu,
que él lleve el yugo.

En un antiguo texto babilonio llamado «La Creación del Hombre por la Diosa Madre», los dioses llaman a «La Comadrona de los dioses, la Hábil Mari» y le dicen:

Tú eres el útero-madre,
la que puede crear a la Humanidad.
¡Crea, pues, a Lulu, que lleve él el yugo!

En este punto, el texto de «Cuando los dioses» y otros textos Paralelos se sumergen en una detallada descripción de la creación real del Hombre. Tras aceptar el «empleo», la diosa (llamada aquí NIN.TI -«dama que da vida») estableció unos cuantos requisitos, entre los que había algunos productos químicos («betunes del Abzu»), para usar en la «purificación», y «la arcilla del Abzu».


Fuesen lo que fuesen estos materiales, Ea no tuvo problemas en comprender los requisitos, y, aceptando, le dijo:

«Prepararé un baño purificador,
que un dios sea sangrado…
De su [de él] carne y sangre,
que Ninti mezcle la arcilla».

Pero, para dar forma al hombre a partir de la arcilla mezclada, también era necesaria alguna ayuda femenina, algo relativo al embarazo y al parto. Enki ofreció los servicios de su propia esposa:

Ninki, mi esposa-diosa
será la que afronte el parto.
Siete diosas-del-nacimiento
estarán cerca, para asistir.

Después de mezclar la «sangre» y la «arcilla», la fase de embarazo y parto completaría la dádiva de la «impresión» divina sobre la criatura.

El destino del recién nacido tú pronunciarás;
Ninki fijará sobre él la imagen de los dioses;
y lo que será él es «Hombre».

Algunas representaciones en sellos asirios bien pueden haberse inspirado en estos textos, mostrando a la Diosa Madre (su símbolo era el cortador del cordón umbilical) y a Ea (cuyo símbolo original era el creciente) mientras preparan las mezclas, recitan los ensalmos y se animan el uno al otro a proseguir la obra...


Encuentran tesoro arqueológico en Alemania

Imagen del fósil de 47 millones de años conocido como 'Ida'. Foto: Daily Mail

Se ha descubierto en Alemania una fosa de 47 millones de años llena con fósiles en buen estado los cuales pueden ayudar a probar la teoría de Darwin.

El primero en ser encontrado fue bautizado como 'Ida' y fue hallado en la fosa de Messep, la cual data del Eoceno hace 48 millones de años. Éste podría ser el "eslabón perdido" en la teoría de Darwin. Sin embargo, 'Ida' es tan sólo uno de los cientos de fósiles hallados en este lugar, los cuales pueden ayudar a entender el desarrollo de algunos mamíferos y finalmente entender la evolución del hombre.

Entre los hallazgos arqueológicos se encuentran animales parecidos a lo que hoy conocemos como primates, caballos, marsupiales, tapires, roedores, murciélagos y erizos. También se hallaron 43 especies de aves, 31 especies de reptiles y más de 10.000 esqueletos de peces.

El Eoceno era la época en la que los mamíferos se habían establecido como los dueños de la tierra, a la vez que invadieron los mares y los aires. Durante este período el continente norteamericano, europeo y asiático estaban en contacto continuo.

Posible ancestro de lo que se conoce hoy como rinocerontes y tapires. Foto: Daily Mail
Imagen del fósil de un murciélago de la época del Eoceno. Foto: Daily Mail

Normalmente, lo único que se encuentran son fragmentos de esqueletos, pero en Messel se han podido extraer esqueletos completos, al igual que plumas, pelos y hasta contenidos estomacales.

Imagen del fósil de un pez de la época del Eoceno. Foto: Daily Mail Mail

No fue hasta el año 1996 que la excavaciones sistemáticas se empezaron a llevar a cabo y los fósiles comenzaron a ser removidos bajo una técnica de "transferencia" especial.

Afortunadamente, el área fue declarada eventualmente patrimonio natural en 1995 y los fósiles previamente recuperados por entes privados tuvieron que ser devueltos al Estado para que pudiesen estar al alcance del público en pro de la ciencia.

Imagen de la fosa de Messep. Foto: Daily Mail

La Universidad de Darmstad continua con las excavaciones y los expertos esperan encontrar muchos fósiles más en la fosa de Messep.


http://2.bp.blogspot.com/_15ejxgZf6LI/SfCMDvGFDyI/AAAAAAAAAAc/EvJkE9yDReA/S220/ghfhjfj.bmp



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